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Capítulo I

La frialdad de la sólida roca, cual témpano, mantenía la temperatura interior unos cuantos grados por debajo de la que hacía fuera de los muros de la prisión. En la reducida superficie de dos por dos, entre las rejas soldadas y oxidadas, el penetrante olor a excrementos en descomposición, lo que de corrosivo tiene el orín y el oloroso sudor se fundían en un único vaho de peste e inmundicia.

Ni las moscas soportaban tanta hediondez; es más, mucho antes de que los primeros fríos del otoño hicieran su aparición, los insectos ya habían emigrado. Sólo las cucarachas y las ratas eran unas incondicionales de las mazmorras del castillo de Almodóvar del Río.

Pese al frío, las paredes sudaban, humedeciendo la paja que malamente cubría las gélidas losas del suelo. Y de la oscuridad, dueña absoluta de la celda, sólo atinaba a burlarse un tenue filtro de luz, que apenas alcanzaba a escabullirse entre las sombras. Pero había en el interior alguien a quien el prodigio de la luminosidad le extasiaba por momentos. Y sólo por momentos, porque era consciente de su destino.

El cerrojo de la pesada portezuela de hierro forjado de la celda chirrió dos veces y la llave, con sus vueltas, dejó a la vista una andrajosa y pestilente figura que se cubría los ojos con una mano ennegrecida y de mugrosas uñas. Un gemido vino a recordar a toda la galería que su inquilino estaba aún con vida.

—Señor carcelero, decidme ¿en qué fecha estamos? —murmuró la figura con voz trémula, rompiendo el sepulcral silencio que atenazaba este ala del edificio.

—¡Y a vos, qué diantre os importa! —le increpó el hombre con rudeza—. Vais a morir… ¿O es que no lo sabéis? —exclamó sarcástico.

—¡Por favor, os lo ruego, hacedme esa merced…! —insistió el reo.

—Estamos a 11 de febrero del año del Señor de 1502. ¿Contento?

Un murmullo recorrió el angosto pasillo con la noticia. Algunos se lamentaban del paso del tiempo mientras otros, dichosos, se regocijaban al observar que pronto se verían nuevamente libres, aunque el precio de la tan anhelada libertad pasara por la horca o el garrote vil.

—Casado: no tengo todo el día. ¡Poneos en pie! —rugió con impaciencia.

El espectro se recogió con lentitud y, tras una corta vacilación, se llegó hasta donde le aguardaba el carcelero, que le asió del brazo con firmeza. El reo, preso de la congoja y de una honda pesadumbre, echó un último vistazo a la que había sido su morada los últimos nueve años y medio.

Afuera el ruido era ensordecedor. Los carpinteros apuntalaban la plataforma sobre la que se erguía la horca mientras la muchedumbre, ávida de diversión —especialmente en tiempos tan aciagos—, esperaba con impaciencia el momento de ver desfilar a la comitiva que precedía a quienes pasarían por manos del verdugo.

 

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